domingo, 30 de mayo de 2010

>> Buscando a Jack

Nos encontrábamos en la sala contigua y, desde ahí, la luz del salón iluminaba la estancia de un rojo muerto que no me gustaba nada. A Jose Luis siempre le ha gustado el color rojo. Creo que en el fondo el color le oculta su personalidad verdadera. A Jose Luis siempre le ha gustado el rojo y por eso tuve que marcar mis labios de este color, por eso llevaba también rojos los zapatos de charol con tacón y cuña y con el bolso a juego. A Jose Luis le gusta el rojo como color para las luces del salón y el baño de la casa, también el rojo de mis labios, el de los semáforos para meterme mano y el color que dejan sus cachetadas sobre mis nalgas pero no así el rojo al descubrírselo entre las piernas.

Pero vayamos por partes.

A Jose Luis, aparte del rojo, le gusta ir a ciento cincuenta kilómetros por hora por la autopista de peaje de Barajas y ver la vida pasar desde dentro de su ferrari el cual hace juego con mi vestimenta. Lo primero que hizo nada más verme fue darme una vuelta, examinando que llevase los zapatos rojos puestos y, diez minutos más tarde, ya me encontraba sentada junto a él con el peinado deshecho y el sol de frente a toda velocidad dejando atrás el hospital de La Paz. Supe que era un tipo raro antes de montarme en el coche. Al abrirme la puerta se pegó a mi preguntándome, con la cabeza asomándose sobre mi pecho, si llevaba o no el sujetador del mismo color que los labios.

Si me dispusiera a contar imbéciles seguro que no terminaba nunca.

Me mantuve tranquila porque encontraba todo mi trabajo fácil. Consistía en entrar con él en varias tiendas en Ortega y Gasset, entre otras la boutique de su exmujer, y comprar tres prendas, tres, las que a mi se me antojasen puesto que voy a quedármelas. Él sólo me marcaba en qué tienda debíamos comprar y me dejaba recorrer cuanto quería mientrás él hablaba esto y lo otro con la dueña, siempre mujer. También me marcaba como su posesión dejándome la huella de sus cinco dedos en la cintura, un par de veces. No llegó a decirme quién de ellas había sido su esposa pero yo tampoco las presté atención ninguna, me importa una mierda. Así lo hicimos y, tras dos o tres horas entrando y saliendo de unas tiendas y de otras, volvimos al coche. La plaza de garaje donde lo dejamos debía ser suya, mantuvo una corta conversación con el conserje del edificio.

El resto del trayecto transcurre de forma normal.

En la esquina con Velázquez me indica que efectivamente le gusta mucho el color rojo, sobre todo en lo que respecta a la puntilla de mi sujetador. También me dice que había seguido sus indicaciones muy bien. Yo asiento y me cruzo y me descruzo de piernas. Me dice que debo seguir sus peticiones y que eso es todo. En concreto me dice que quiere llegar y meterme la polla en caliente, que no ve la hora de llegar y metérmela, y que me va a gustar.

-¿verdad que te va a gustar? ¿verdad que sí?
-sí, sí, me va a gustar
-claro que sí, te gustará

Con los imbéciles siempre mantengo las mismas o parecidas formas.

A Jose Luis, aparte de correr, también le gusta hablar de sexo mientras conduce. Entre otras cosas, llega a  preguntarme quién corre más de los dos mientras me está introduciendo uno de sus dedos. Alterna el dedo y me lo lleva después a la boca, lo hace repetidas veces. Me pide que pinte nuevamente mis labios y lo hago ante el espejo, mientras él no deja de manosearme la pierna izquierda. Insiste en que cenemos en su propia casa, un chalet independiente en Mirasierra. Llegamos sobre las ocho. La chica que sale a recibirnos nos sube las compras a la habitación y Jose Luis ordena que nos vaya preparando algo de cenar. Pasamos por diferentes estancias hasta acceder al salón rojo iluminado. Me hace sentarme y se sienta frente a mi en un sillón, desde el cual alarga la mano hasta llegar al mueble bar que rueda hacia él. Me indica que vaya bebiendo algo y, ante mi negativa, sentencia que vamos a beber los dos. Me sirve un vodka y viene a sentarse a mi lado abriéndome de piernas, inclinándose, besando mi rodilla. Desliza de nuevo su mano provocando el introducirme nuevamente su dedo, el mismo. Lo hace.

Creo que me bebo un par de copas de vodka. A través del teléfono ordena a la chica que no le pase llamadas y que cuando esté lista la cena deje sonar tres tonos, tres, del teléfono de la sala contigua. Como me ha pedido que me desnude, cuando cuelga el auricular me estoy sacando el sujetador. Me indica con gestos que se lo entregue. Se lo tiro, vuelve a pasar sus dedos por el encaje, lo huele, me guiña un ojo y ahí es cuando le oigo decir que después de cenar pasaremos al jacuzzi de la habitación. También tiene tiempo de oler mi tanga, antes de dejarlo sobre la alfombra, y me pide que no me quite en ningún momento los zapatos. Quiere que tome asiento sobre él, a horcajadas, y así lo hago.

-así no voy a metértela- me dice- así quiero que te entren ganas de polla

Deja su vaso, ya vacío, sobre el mueble bar y me agarra bruscamente del pelo. Tengo que dejarle que me coloque de forma tal que, desde mi espalda, puede restregar sus genitales contra mi culo y en esto se entretiene por un rato. Después me incorpora y cambia su movimiento, todavía sin llegar a penetrarme, y comienza a entreabrir y repasar con su glande mis dos orificios. Está muy cachondo y manteniéndose a mi espalda, abarcando con sus dos brazos mis pechos hacia sí. Consigue sostenerme erguida lo suficiente como para mantenerse excitado. Me lame continuamente una de mis orejas mientras se restriega contra mí, yo quisiera que se corriera pero no va a hacerlo. Es ahí, al girarme y tenerme de frente, cuando me dice que vamos a pasar a la sala contigua porque estaremos más cómodos.

En esta sala ni siquiera se molesta en encender la luz. Quizá no hay, y la que llega del salón lo hace en un tono opaco rojo muerto al que no le encuentro el gusto. Esta sala no es muy amplia, no tiene ventana exterior ninguna, ni ventana tampoco. Localizo dos, tres rejillas de ventilación a lo ancho y largo del techo. Camina detrás de mi y trae mi sujetador en la mano. Suelta éste sobre la camilla, el único mobiliario de esta sala junto con la silla. Ni que decir tiene que la silla, obviamente, es también roja. Me pide que tome asiento en la camilla y cuando hago amago de ahora ya sí descalzarme me ordena, de nuevo, que no lo haga. Ni por favor ni cojones, vuelve a agarrarme bruscamente del pelo.

-¡ya te he dicho que me gustas con tacones!- se excita- ahora vas a chuparme la polla unos minutos por tu intento de desobedecer-

Hemos apalabrado anteriormente dos vías de escape para cuando yo me niegue a ejecutar ciertas peticiones. Pues bien, hago uso de la primera y, mientras percibo su lengua caliente enredando la mía, pienso en que cuando vaya a comprar pasta de dientes no he de olvidarme de comprar también la mascarilla, que el miércoles llegué a casa sin ella. Pretende amarrarme, haciendo uso de mi sujetador rojo, a la cabecera de la camilla y entonces hago uso de la segunda vía de escape. Entiendo que hubiera sido necesario apalabrar con él una tercera vía cuando, al momento, le tengo de nuevo en mi espalda dándome verdaderas cachetadas en el culo. Maldito hijo de puta, pienso, va a salirme cara la puta tarde.

-estás muy callada, guapa, ¿no te gusta?
-sí, sí me gusta

No entiendo por qué ese empeño en atarme a la cabecera de la camilla, le retiro su brazo intencionado una vez, dos veces. Al tercer intento lo consigue, inmovilizando con el puto sujetador rojo mi brazo izquierdo. Me coloca totalmente extendida sobre la camilla y pretende colocarse encima, le pido que me suelte pero no lo hace. Se coloca y cuando me suelta el brazo derecho en su intención de penetrarme yo, muy sutilmente, deslizo una horquilla de mi pelo entre los dedos de mi mano y, según le siento dentro, le clavo la horquilla en las pelotas, una vez, dos veces. Me mira, con los ojos tremendamente abiertos, mientras aguanta el grito y yo interpongo el rojo sangre de mi mano entre su cara y la mía, incorporándome.

Mientras él se encoje y se echa sobre la camilla amenazando con matarme a mi y a toda mi familia, yo soy consciente del primer párrafo y corro hasta el salón, recojo mi ropa del suelo, me visto atropelladamente, y me largo por el mismo sitio por el que entré. A la chica, ya desde el jardín, la ordeno a través del interfono que me abra la puta puerta o llamaré a la policía y lo hace de inmediato.

1 comentario:

Alphonse dijo...

¿Cuál es la diferencia entre ridículo y fantástico? La belleza o atractivo del protagonista.


En qué zorreas