viernes, 24 de septiembre de 2010

>> Illuminati



Eran ya seis o siete las noches que llevaba durmiendo en ese hotel y había llegado el momento de decirle que se podía meter su dinero por el culo. Tarde o temprano yo iba a salir de allí, pero deseaba antes asegurarme otro cliente y eso mismo hice en cuanto me fue posible en el spa, antes de recoger mis cosas y venirme a casa.

Si hubiera imaginado que iba a compartir mesa con Javier Solana, Ignacio Polanco, Jose María Entrecanales y un largo etcétera, sin dudarlo, hubiera introducido en mi bolso una grabadora. Sabía que debía comparecer en forma recatada y sutil, me sugirió el maldito ejemplo de la dama francesa y ante mi sorpresa aceptó rápidamente ante el hecho de no poseer soltura alguna con mi inglés. Le pareció perfecto. Solicitó verme unas horas antes de lo acordado en el Petit Palace de Barcelona y lo que en un principio fue una negativa por mi parte al cabo de la tarde se convirtió en realidad, dado el dinero que ofrecía por el capricho.

En el Prat me recogió un taxi que me llevó directamente a la puerta del hotel. Me había indicado por teléfono que me pidiese algo de beber al llegar y así lo hice. Nunca antes había asistido a una reunión informal de tipo empresarial en la cual se hablase inglés, todo me resultaba un tanto extraño. Las reuniones tendrían lugar en Sitges, me encontraba ascendiendo pisos en un hotel de Barcelona y volveríamos juntos a Madrid. No entendía nada. Me dije a mí misma, frente al espejo del ascensor, que esta historia merecería quedar escrita. No imaginaba entonces que los días y las noches iban a transcurrir de esa manera, ni siquiera recuerdo cuántos días han pasado desde que llegué de Cataluña. Ahora vivo, tal y como me gustaría que viviese Saenz de Santamaría, con miedo.

Enseguida me abrió la puerta de su reservado. A pesar de reunirse con millonarios y guardar cierta relación con Ana Botín, la cual llamó cuarenta veces por teléfono, yo sigo pensando que no le había visto antes en mi vida. Su poco atractivo sexual era recompensado con el olor que desprendía. Recorrí tras él la habitación siguiendo sus instrucciones y me hizo pasar a un módulo contiguo sobre cuya mesa negra rectangular me pidió que me sentara.

-¿entonces no sabes inglés?-me preguntó, colocándose frente a mí retirándose el cinturón de los pantalones

Mientras yo le estaba explicando mi nivel básico, él procedió a abrirme el escote. Una vez que extrajo las braguitas bajo mi falda se inclinó sobre mí colocando su cabeza sobre mi hombro derecho, de forma que terminó babeándome desde la primera hasta la última sacudida que alcanzó a dar antes de correrse. Unos minutos después, mientras me pedía que le colocase la camisa para bajar al cocktel para el cual nos esperaban, me habló de un talón al portador y sugirió que dejase mis braguitas sobre la mesa.

De Entrecanales, por el contrario, me llegaron ráfagas de olor a leche de vaca descompuesta. Me miró de arriba a abajo en varias ocasiones y como no sé hablar inglés, pero tampoco soy estúpida, entendí que le preguntaba a mi acompañante por mi desenvoltura con el idioma. Y lo hizo dos veces. Agradezco al cielo que no fuese este personaje el que días después requiriera mis servicios mientras me encontraba en el spa, lo que pagan no consigo ganarlo en tres meses de trabajo.

Terminado el cocktel volvimos a la habitación. Esta vez no me hizo pasar al módulo. Esta vez, una vez cerrada la puerta, me acorraló de espaldas a la misma amarrándome ambas manos con el lazo que colgaba de la manilla. Me dijo que le ponían muy bruto mis nalgas y acto seguido, mientras me penetraba, comenzó a sacudírmelas rítmicamente. La marca de preservativos de la caja que cayó entre mis pies tampoco la había visto en mi vida y los ejemplares tenían un regusto ácido. De su mano derecha se llevaba continuamente el dedo índice a mi boca, pidiéndome que lo mordiera. Nunca parecía quedar conforme de la fuerza de mis dientes. Como castigo, poco después me follaba contra la cama.

Recuerdo que tras dejarme ingerir un maldito sandwich que bien pudiera ser de mortadela con aceitunas, y antes de terminarme el batido que lo acompañaba, me obligó a tomarme una pastilla minúscula, de forma triangular y amarilla, asegurándome que era lo mejor que podía hacer por mi. Me desperté y eran las seis de la tarde de no se qué día. Oía el sonido del agua caer en el baño y sentí el contacto con el paladar de mi lengua desértica. Se asomó entonces al cerco de la puerta completamente desnudo y empalmado y no me dejó articular palabra cuando ya le tenía frente a mí dispuesto a metérmela nuevamente.

Alternaba esta vez mis agujeros con tal precisión y rapidez que en uno de los cambios terminé por tragarme mi propio vómito. Sujetándome bruscamente por el pelo, impidiéndome cualquier movimiento, se corrió dentro de mi boca y antes de que pudiera recomponerme ya tenía su índice urgándome la dentadura. Consiguió hacerme daño mientras me retorcía las manos sobre mi espalda y esto le gustaba. Logré descansar unos minutos cuando volvió a sonar el teléfono. Poco después, otra pastilla.

Me desperté en otra habitación que ya no era la que había sido. La misma o similar caja de condones desconocida sobre la mesita, al lado de la cama. Me encontré completamente desnuda y sola, sin rastro de mi ropa. Se irritó cuando me encontró desesperada intentando, en vano, abrir la puerta para largarme. Como castigo, esa noche no me concedió sandwich ni tan siquiera batido.

El inglés de Javier Solana me resultaba un inglés un tanto extraño. Hablaba con Teixeira y con otro más corpulento al cual no conozco. Se encontraban hablando en el rellano frente a recepción, mientras nosotros bajábamos al spa. Me fijé en que Solana no despegó los ojos de mí hasta que cruzamos completamente la sala. Intenté pedir auxilio gestual a la chica que muy amablemente, y en perfecto castellano, nos sirvió las toallas y la caja metálica que él había pedido. De la caja metálica extrajo los utensilios y debió adivinar cuál era mi propósito porque como castigo acabé metiéndome dos rayas de cocaína cortadas a la perfección con la ayuda de una tarjeta bancaria del santander que la Botín dejó sobre su toalla.

El chico que acompañaba a esta mujer era italiano, no hacía falta que lo jurase. Intercambié con él sucesivas y fugitivas miradas de comprensión mientras ellos, ambos, parecían discutir en inglés acerca de lo que fuera. En el lenguaje universal de toda la vida, mientras ví cómo el italiano clavaba sus pupilas en el vestidor del fondo, entendí que ése sería nuestro lugar de encuentro posterior. Y así fue. Con la excusa de que no podía orinarme encima delante de esos tres norteamericanos, conseguí escabullirme unos minutos y reunirme con Giancarlo.

El italiano fue quien me indicó, muy rápidamente y tapándome la boca para que no le interrumpiera, que teníamos cientos de policías cercando el terreno del hotel en el que estábamos y que la única salida era romper la ventana que teníamos justo detrás de nosotros para conseguir llegar a la lavandería.

-no molto tempo- repetía, mientras me tapaba entera bajo el carro de las sábanas blancas, sábanas con un olor a leche desnatada que volvió a hacerme vomitar.

Dos días tan sólo le tuve metido en ésta, mi casa. Y ahora mismo, no sé por qué, acabo de recordar que el taxista de Albacete que muy amablemente nos trajo a Madrid conoce de no se qué a una señora que vive en esta misma calle, en el número 70. Este amable ser humano nos dejó frente a mi portal, en plena luz del día, y justo tras ver alejarse el taxi con su negro y su amarillo reparé en los ojos de mi acompañante, Giancarlo.

El caso es que dos días tan sólo le tuve metido en ésta, mi casa. Desde que se fue tengo una ansiedad que me impide bajar a la calle para llenarme la nevera. No se por qué no puedo dejar de pensar en la posibilidad de salir al rellano de la escalera y toparme con Bernardino León o cualquier otro impresentable. Considero que no me es necesario explicar los razonamientos posteriores que le dí a la policía cuando mi vecina del 2A recurrió a ellos al encontrar mi puerta forzada...

aclaración nº7

4 comentarios:

HelenLaFloresta dijo...

joder, tía, qué miedo...

Alphonse dijo...

Clarita en el Club Bilderberg. Ummm... ¿Miembro o miembra? ¿Titular o suplente?

Anónimo dijo...

Hola Clara. Tus sórdidas experiencias laborales en letras rosas y horteras me provocan angustia y terror ficcional. La proxima vez cuentanos una fiesta de berlusconi, que tienen más gracia y coca, y seguro que son más divertidas.

Golfa dijo...

Coño Clarita!!!!

pensaba que habrías desaparecido!!!

Menuda película, y como siempre sales así de airosa....

Pues nada..... aprovecho pa desearte una buena entrada de año....

Saludos!!!


En qué zorreas