Al mes y medio de estar allí me explicó que cambiaríamos de hotel y eso hicimos. Cuando salíamos, que no era diariamente, siempre tenía prisa por regresar a la habitación que era su coto de caza. Me decía que Tánger ya lo tenía muy visto y que yo debía enfocarme en su polla, que aunque también la tenía muy vista siempre reservaba sorpresas para mí. No se equivocaba ya que, a pesar de tenerme allí viviendo en esas condiciones, yo me moría porque sonase el teléfono avisándome de su hora de llegada. Lo peor era verle salir por la puerta sin saber a ciencia cierta cuándo volvería a tenerle dentro. Fueron varias las noches en las que no acudió a verme y yo me tiraba de los pelos en una desesperación que desconocía hasta entonces. Cuando por fin regresaba lo hacía sin dar explicaciones y a mí no me daba tiempo a pedírselas, llegaba tan dispuesto como siempre y no tardaba en desnudarme ni en tirarme sobre la cama.
Una tarde me llamó diciendo que no bajase a cenar, cuyo horario en el hotel siempre vencía antes de su llegada. Dijo que esa noche me recogería y cenaríamos en un restaurante. Como las horas transcurrían lentas tuve tiempo de cambiar el color de mis uñas un par de veces y terminé los últimos crucigramas que él mismo me había llevado un par de noches antes. A la hora marcada yo ya estaba vestida para la ocasión y con una sonrisa imposible de disimular frente al espejo. Miré el reloj varias veces más antes de que se abriera la puerta. Me clavó los ojos antes de cerrarla tras de sí y se acercó a mí despacio, que me encontraba sentada sobre la cama. Se sentó a mi lado y no me dejó colgar los brazos detrás de su cuello como otras veces, retirándome. Me levantó la falda en un solo movimiento, colocando una de sus manos en mi entrepierna a la vez que me preguntó muy serio si tenía realmente pensado salir así a la calle. Sonreí, pensando que le gustaba, pero me sujetó con fuerza la mandíbula con la mano que le quedaba libre y siguió hablando mientras me apartaba con destreza el tanga
-así no puedes salir porque vas provocando y no voy a consentir que nadie te eche un polvo con los ojos... esta ciudad está llena de ese tipo de gente ¿entiendes? gente que quisiera verme muerto por caminar a tu lado
Con uno solo de sus dedos buscó mi clítoris, abriéndole camino al exterior. Seguidamente me besó en la boca, llevándose a continuación ese mismo dedo arriba, chupándolo mientras yo le miraba. Lo bajó de nuevo y lo introdujo en mi vagina, tan húmeda ya como mis propios labios. Mientras maniobraba no dejaba espacio al silencio
-la otra noche comprobé que te das cuenta de cómo te miran todos, ver el deseo en sus ojos te gusta... vi cómo os mirabais el camarero y tú mientras chupabas la cucharita de la maldita copa de helado... luego te sorprende que te folle de esa manera pero es que me pongo enfermo al pensar que quieres que otro lo haga... quítate ahora mismo esa ropa-
Mientras me disponía a hacerlo le entró mucha prisa y me giró bruscamente colocándome arrodillada sobre la cama quedándose a mi espalda. Escuché cómo desabrochó de una tacada los botones de su pantalón y, sin bajarlo, se sacó la polla restregándola contra mi culo antes de clavármela totalmente afilada. Con sus manos sobre mis hombros se mantuvo largo rato metiéndomela de pie, para después correrse escandalosamente dejándome la señal de sus dedos clavados en la cintura. Me dijo que me colocase los tejanos que había usado cuando llegamos, mientras él se secaba la polla con ayuda de mi falda. Apenas hablamos durante la cena y procuré no mirar al camarero en ningún momento, a pesar de que saberle celoso me entusiasmaba.
Tras ese episodio volvió a pasarse varios días sin dar señales de vida. Me hizo cambiarme de hotel otro par de veces en cuestión de semanas y al llegar al último de ellos me hizo volver a jurarle que seré siempre suya, cosa que hice aunque por dentro ya no estaba tan convencida. Había vuelto a las andadas muchas noches, sin intención alguna en complacerme y lloré en la terraza estando sola varias veces. Una noche discutimos porque él quería dormir a toda costa y la discusión fue tan intensa que en un arrebato terminó rompiendo la lámpara de su mesita de noche. No soportaba oírme hablar de su mujer ni yo estaba dispuesta a seguir viviendo allí encerrada, esperándole. Tardé un par de semanas más en concretar el pago de mi regreso en avión a Madrid y recuerdo que se lo conté al quedarnos sin fuerzas tras el último polvo. Mi regreso tendría lugar en un par de días, pero tan solo dijo que él aún tenía cosas pendientes allí. Recuerdo que me quedé dormida poco después soñando con un diluvio que arrasaba con todo, incluyendo mi piso con la Sandra dentro pintando. Cuando me desperté él ya no estaba en la habitación. Al salir de la ducha comprobé que me había dejado una nota sobre la mesita. Decía que volveríamos a vernos en España, que le perdonase por quererme solo para él y que cogería un vuelo la semana siguiente al terminar unos asuntos.
La Sandra atendió al telefonillo tras escuchar arriba su llamada desde el portal, yo me pintaba las uñas de los pies y no hice intención ninguna de caminar para hablarle. La Sandra trasladó el intercambio de mensajes de uno a otro hasta que me sacó de mis casillas y le dije bien fuerte para que pudiera escucharlo que se fuese a tomar por culo y no volviese nunca por allí. La Sandra se quedó a media repetición, separando de pronto la oreja dándome a entender que él también gritaba. Le dije a ella que colgase sin más y eso hizo. Siguió llamando durante unos diez minutos, con insistencia, pero yo le pedí que no atendiera hasta que el ruido me superó y no pude contenerme
-Vete a Marruecos o vete a la mierda pero déjame tranquila! No vuelvas a aparecer por aquí o tendré que denunciarte! No quiero volver a verte ¿te enteras o tengo que decírtelo en árabe?
Colgué el telefonillo dejándole hablando solo, atropellándose en su discurso. Creo que ya no volvió a marcar. Mientras me dirigía a mi habitación con ganas de que llegase el diluvio soñado escuché a la Sandra decir que aún no le había contado el qué había ocurrido entre nosotros. Pegué un portazo al entrar e inmediatamente me dediqué a tirar al suelo la ropa y cosas de él que quedaban en mi armario. A la mañana siguiente, con treinta y cuatro llamadas suyas perdidas en mi móvil y con la ayuda de la Sandra, tiré sus pertenencias en el contenedor de basura y escupí antes de cerrar la tapa. A nuestro regreso al piso, insulté a mi vecina al cruzarnos con ella en el portal y a la Sandra le entró la risa nerviosa.






